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Una mujer flamenca (y del Renacimiento)

A Ana Salazar el bicho del arte la tiene siempre inquieta, probando, buscando. Comenzó como bailaora flamenca, clásica, prometedora. Empezó con Manuela Carrasco, y siguió aprendiendo y bailando junto a artistas como Antonio Canales, Rafael Amargo o Eva la Yerbabuena. Parecía tener encaminada su joven carrera. Pero se rompió una pierna. Y empezó a cantar.

Después de una pequeña participación en un disco colectivo de homenaje a la canción francesa desde el flamenco, ha publicado dos trabajos discográficos: Ana Salazar canta a Edith Piaf, que todavía le brinda éxitos, y Claros del alma, con temas propios además una nueva versión de Edith Piaf, el Pena, penita, pena de Lola Flores, y un personal homenaje a la cantaora gaditana Adela La Chaqueta. Y en ambos, acompañada de Guillermo McGill, percusionista que ha tocado, entre otros, junto a Enrique Morente y Chano Domínguez, Arcángel, Mayte Martín o Esperanza Fernández.

“Estar activa es un poco el secreto”. Pero a pesar de haber demostrado su talento vocal, Salazar no abandona el baile. Ahora prepara un espectáculo que estrenará en la Bienal de Sevilla, el próximo mes de septiembre, Paso para dos, junto a la también bailaora Rosario Toledo. Y para el año que viene está preparando teatro, El burlador de Sevilla, de la mano de Emilio Hernández, que estrenará en Madrid.

Ella cree que todas estas facetas le ayudan en las demás, que interactúan en ella. “El hacer otras cosas enriquece mucho”, afirma. Bailar, por ejemplo, le ayuda a cantar. “Hay facilidad para moverme en el escenario, una manera que no es de cantante, es de saber del cuerpo”. Y hacer teatro le ayuda a bailar. “Me está ayudando muchísimo compartir con estos compañeros actores, me noto el cuerpo desbloqueado”.

A Salazar le molesta que por esto algunos la critiquen, por eso, avisa: “Yo me siento intérprete. Nunca he llegado a ser cantaora. A mí me gusta mucho el cante para bailarlo, pero no para interpretarlo yo, no me llama la atención”, dice. Eso sí, cree que toda esta mezcla, suma. “Yo creo que es enriquecedor, yo creo que no estoy quitando nada, yo tengo el flamenco en la piel”, explica. “Me he llevado muchos años bailando soleares con un flor en la cabeza. He salido de ahí, pero las cosas siguen en uno, no lo puedes evitar”.

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