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‘Omega’, doce años después

El lunes 24 se pone a la venta la versión remasterizada de un disco que sin duda marca un antes y un después en la carrera de su autor y por qué no decirlo, también del flamenco. Se trata de Omega, publicado por primera vez en 1996 por el cantaor Enrique Morente junto al grupo de rock Lagartija Nick. Después de un año de gira y de venta en formato digital, este trabajo revolucionario para el flamenco vuelve a los anaqueles de las tiendas de discos desde la relanzada discográfica del cantaor, Discos Probeticos, con un sonido mejorado y con una canción más, Oriente occidente, nacida del encuentro de Morente con otros rockeros, esta vez estadounidenses, Sonic Youth.

Sobre este grupo, mi amigo y compañero periodista y bloguero Fernando Navarro me invitó a escribir en su Ruta Norteamericana hace unos meses un post que llamé Despertares. Con motivo del relanzamiento de Omega le devuelvo la invitación. Su aportación es la de un periodista enamorado de la música cuyo conocimiento de este disco fundamental le acercó al flamenco.

El sentimiento universal de Enrique Morente

Recuerdo una entrevista en la que Enrique Morente aseguraba que el día que presentó Omega junto a Lagartija Nick en el Teatro Albéniz, durante un bis que tenían previsto, no fue pequeño el murmullo que se empezó a oír entre los amantes más puristas del flamenco. Los focos no dejaban ver a Morente lo que pasaba al otro lado del escenario, pero comenzaron a crujir dientes y hubo una desbandada importante de público, tal y como pudo comprobar al acabar la actuación.

No me puedo imaginar lo que se debe sentir en pleno salto mortal, en mitad del vértigo y de ningún sitio, sin saber si te vas a comer el suelo de bruces o vas a cruzar una frontera, poniendo los pies en la historia del arte musical, siempre impulsado por el fantástico brío de tu sentimiento, lo suficientemente fuerte como para pasar por encima de cualquier barrera comercial o estilística. Esto segundo debe ser lo más parecido a un orgasmo, pero con visos de perdurabilidad, o simplemente a lo mejor es como el cigarrillo después del acto, un momento más sereno que pasional. No lo sé. Supongo que sólo los genios que hacen avanzar el arte de la música lo saben. Por eso, habría que preguntárselo a Enrique Morente, uno de los grandes genios de nuestra música.

Espero que entiendan los lectores de este estupendo blog de flamenco que este escribiente está muy lejos de ser conocedor de un estilo musical tan amplio y vibrante (y tan nuestro) como el flamenco. Tan sólo soy un aficionado curioso, que he gastado y gasto la mayoría de mis energías en el rock y similares. Y peco de masoca, porque necesito buscar fuera lo que a lo mejor puedo encontrar dentro. Quién sabe, puede que de pequeño me cayese en la olla estilística equivocada y desde entonces buceo en otros mares. Pero nada de esto quita para que adore un disco como Omega y, por consiguiente, un artistazo como Enrique Morente.

Siempre que recuerdo las palabras de Morente sobre el desafío artístico de Omega, no puedo por menos que arrimarme a mi terreno y pensar en esos saltos de gigante que también hicieron avanzar al rock. Supongo que lo mismo que sintió Morente lo sentiría Bob Dylan cuando electrificó su repertorio en el Festival de Newport, en 1965, y se presentó como advenedizo en mitad de insultos y “judas” varios. Algo parecido debieron sentir los componentes de la Velvet Underground cuando en locales semivacíos y ante miradas de desaprobación exponían sus experimentaciones sonoras en Lower East Side de Nueva York.

Por extraño que parezca, precisamente, fue en Nueva York (Morente es cada día allí más reconocido) donde entré por última vez en contacto directo con lo bestia de este disco. Esa vez la recuerdo como la más trascendental, tal vez porque la distancia acrecienta lo autóctono y esa recuperación de raíces sonoras al otro lado del charco empapó mi espíritu nómada. El recorrido de Morente era como ver crecer un olivo en mitad de Central Park.

Mucho se ha hablado del proyecto original de este álbum, que no era otro que traducir a Leonard Cohen al flamenco (ese Aleluya pone los pelos de punta), o de la revisión poético-musical de Federico García Lorca y su arrebatador Poeta en Nueva York (el cante de Norma y Paraíso de los negros es toda una procesión litúrgica) pero ciertamente, bien sea por esa conexión con otros mundos o por su universo personal e irrenunciable, Omega es una de esas obras que tienen su propia dimensión. Adentrarse en ella es gozar del arte en estado puro. Además, no puedo por menos que reivindicar a Lagartija Nick, una de las formaciones de rock nacional más camaleónicas, que se ponen al servicio del maestro y explotan por tangos como por fábulas eléctricas. Para ortodoxos, una osadía en toda regla, pero que brilla con luz propia.

Fue en Nueva York, por tanto, la ciudad donde me sumergí de lleno por última vez en este trabajo, pero también fue en la ciudad de los rascacielos la última vez que grabé este disco a alguien. Todo empezó minutos antes de un concierto de Lucinda Williams en el precioso Radio City Hall. Un hombre mayor, de unos 70 años, llamado Kelly, se sentaba a mi lado. Extrañado por mi procedencia y mi afición por el folk rock de Lucinda Williams, empezamos a hablar de música. Al acabar el concierto, prometió mandarme unos discos. Días más tarde, llegaron a casa unos cuantos de la psicodelia californiana de los sesenta. Rarezas exquisitas. Yo metí una copia de Omega en el sobre con una pequeña descripción de Enrique Morente que decía algo así como que era nuestro bluesman más interesante. Era una manera de situarlo como otra cualquiera. Recibí una rápida y concisa contestación de Kelly, vía email: “Fernando, escuchar el disco de Enrique Morente me ha hecho revivir lo que fue escuchar por primera vez a Dylan, Muddy Waters, The Who o Lucinda Williams. Hay algo extraño y universal en su música. Si entiéndese lo que dice, aún sería más feliz”.

Esto sí. Punto por punto, puedo imaginarme lo que se siente. Y es grandioso.

Fernando Navarro es redactor de ELPAÍS.com y Rolling Stone. Además, es colaborador de las revistas Ruta 66, Ritmos del Mundo y Efe Eme.

(El Pastor bobo, de Omega, en vivo)

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