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Flamenco en el ‘ring’

Anoche se vivió en Madrid el estreno de un insólito espectáculo de danza planteado como un combate, una lucha de artistas. No era un cartel flamenco, pero en él relucía como plato fuerte Israel Galván (Sevilla, 1973). No hay reto del que este artista, máximo exponente de la vanguardia de la danza jonda, no salga airoso. El espectáculo se llama La lucha libre vuelve al Price y se representa, hasta el día 31 de enero, en el Teatro Circo Price de Madrid. Junto a Galván (enfrentado con el cantaor Cristian Guerrero y un fiero equipo de festeros apodados Los Tres Mil bajo el arbitraje de José Luis Ortiz Nuevo), otros duelos de altura: el de los bailarines Sol Picó e Igor Yebra (acompañados por el violín de Raúl Márquez), el del pianista Carles Santos contra sí mismo que desciende de los cielos y el de los acróbatas Celso Pereira y Francesca Lissa. Y en medio, un presentador, Pepín Tre, que dio un toque de humor a la noche y supo capear a un espectador poco de acuerdo con la representación. El actor fue el hilo conductor de una obra inclasificable junto a una escenografía sencilla y un vestuario en blanco y negro, con leves toques de rojo.

En los anuncios que han hecho de la obra se habla de la tradición de lucha libre, por un lado, y los duelos flamencos, por otro, que históricamente se produjeron en este teatro madrileño. Sin embargo, lo que se vio anoche fue algo más que eso: novedoso, bien escogido, hecho con gusto, calidad, inteligencia, humor y mucho arte. El combate flamenco era el plato fuerte de la velada. Después de que el nivel de emoción fuese subiendo conforme avanzaba la noche, el cuadrilátero situado en el centro de este particular teatro circular con capacidad para algo más de 1.500 personas (y que anoche colgó en la taquilla el cartel de No hay billetes), llegó el turno de Israel Galván, Premio Nacional de Danza en 2005.

Apareció solo, sin música, marcándose él mismo el compás con sus pies y palillos y con un leve acompañamiento de la campana que suena en un combate de boxeo. Con un baile que transmitía la soledad del luchador que se prepara para el combate, recordó con sus pasos y sus emociones la trascendencia e intensidad del torero que interpretaba en Arena, espectáculo dedicado al toreo. Braceo y zapateado entrecortado, marca de la casa Galván, con ritmo y precisión, intensidad y emoción.

José Luis Ortiz Nuevo, particular árbitro del combate flamenco, fue el encargado de presentar el segundo combate, el que Galván mantuvo con el cantaor Cristian Guerrero, que demostró, además de unas excepcionales dotes para el cante en estas particulares condiciones, conocer bien el boxeo y dominar sus pasos y respiración. Guerrero hizo cantes cortos, de una o dos estrofas, mientras bailaba al compás del combate, brazos y pies, buscando el cuerpo de Galván para asestarle sus golpes de boxeador, mientras el bailaor, con su braceo, encajaba los golpes y asestaba los propios.

Ortiz Nuevo intercaló, en su actuación, poesía y tensión dramática y algunos momentos cómicos que dieron ritmo y color al cuadro. Incluso llegó a espetar al boxeador-cantaor: “¡Hereje! ¡Boxeando no se canta!”, en un claro guiño a los aficionados más puristas al flamenco, que probablemente considerarán un anatema este espectáculo.

Galván tiene un lenguaje propio, un sello, unas formas personales que se adaptan a cualquier escenario, siempre flamenco y anoche lo volvió a demostrar en los tres peculiares combates que mantuvo sobre el ring. Quizás en esta ocasión le dio un mayor énfasis, pero este bailaor siempre utiliza el sentido del humor. Sus espectáculos están cargados de dramatismo, pero de un patetismo que roza el absurdo, que es casi cínico y que provoca las risas nerviosas del público, que duda sobre la corrección de reír en medio de tanta tensión. Otro signo de la gran inteligencia de este bailaor.

La tercera parte del espectáculo rebosó el arte que le imprimieron, además de Galván, sus contrincantes: Bobote, Eléctrico, El Dientes, El Turco y Caracafé, apodados para la ocasión Los Tres Mil, un guiño hacia el barrio sevillano de las Tres Mil Viviendas. Era suficientemente cómico verles con la vestimenta propia de boxeadores y sus tipos flamencos, pero además, estos artistas geniales del compás, derocharon humor y flamenquería intentando acorralar contra las cuerdas a un Israel Galván que para este tercer combate lucía una máscara de luchador mexicano en plata y negro. Por bulerías y rumbas que ellos mismos marcaban, dieron sus pataítas haciendo figuras juntos sobre el cuadrilátero. Pero hubo tiempo para la trascendencia también. Una seguiriya fragmentada, interpretada en círculos como si de un ritual se tratase, puso el momento de máxima intensidad.

Un impagable cierre por tangos que subió a todos los participantes al ring puso el fin de fiesta, la fiesta de la lucha, la fiesta de la danza, que se mantiene en cartel toda la semana.

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