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El desasosiego de la cantaora y el poeta

Perturbación y un fuerte desasosiego. Un pellizco en la boca del estómago, es lo que deja su escucha. Desconsuelo. Ese es el efecto que produce el cante de Carmen Linares, y anoche lo volvió a hacer, en el Teatro Circo Price de Madrid. Su falta de alivio, su entrega en cada nota, su voz quebrada con el paso del tiempo se puso al servicio de la obra de Miguel Hernández. El espectáculo Oasis abierto. Miguel Hernández flamenco, presentado en el marco del Festival de Flamenco Caja Madrid, muestra la fuerza de la palabra del poeta de Orihuela, en la voz y el sentimiento de la cantaora. Ese es el centro del montaje, una puesta en escena que combina el dramatismo de la de Linares con la luz y la alegría de las bulerías de Tomasito y Ana María González, Carmen Amaya y Rosario Amador.

Carmen Linares hizo cante con guitarra (acertadísimos, Salvador Gutiérrez y el hijo de la cantaora, Eduardo Pacheco), por taranto (Andaluces de Jaén), soleá por bulería (Primavera celosa) y una seguiriya (Cada vez que paso) en la que hizo crecer el dramatismo, con un cante intenso y emocionado. Después se hizo acompañar por el piano de Pablo Suárez, y ambos interpretaron unos poemas a los que ha puesto música Luis Pastor, presente entre el público. En la Casida del desierto, poema que encierra el título de este espectáculo, la voz de Carmen sonó casi dulce, melancólica y susurrante. Volvió a repetir esta pieza en el bis, un bis dedicado a la memoria de su amigo Enrique Morente. Tras la canción, el martinete (El sol, la rosa y el niño), marcado por el piano, demostró por qué Carmen Linares ocupa el lugar que ocupa en el cante, porque se dejó la última gota de vida en el cante.

“No puedo olvidar / que no tengo alas / que no tengo mar / vereda ni nada / con que irte a besar”. Con este poema, cerró este bloque de dramatismo y sonidos negros y dio paso a la luz, la de la canción de los vendimiadores, por tanguillos y alegrías, compartido con Tomasito, González, Amador y Amaya, y con ellos cerró el espectáculo, al son de El silbo del dale (bulería).

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