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La memoria de Yerbabuena

La memoria de Eva Yerbabuena (Francfort, 1970) puso anoche el punto y final al XV Festival de Jerez. Presentaba en el Villamarta la obra que estrenó en la pasada Bienal de Flamenco de Sevilla, Cuando yo era, un viaje por sus recuerdos en los que la bailaora quería homenajear a su abuela y a otro tiempo, el que le contaron que existía cuando era niña. Un baile que arrancó con el vuelo de un ave soñada, imaginada, con vientos de libertad, y acabó con un tiro, el dolor y la muerte, el horror de una guerra entre hermanos. Quizás por este motivo, el de referirse a la memoria, a lo que nuestro cerebro almacena junto a lo soñado, el espectáculo presenta una serie de escenas a las que cuesta encontrar conexión narrativa. Licencias artísticas.

A pesar de esto, la bailaora vuelve a demostrar en este espectáculo la solidez de su capacidad coreográfica. La puesta en escena, en la que ha trabajado junto al arquitecto Juan Ruesga, la pulcritud y precisión en los bailes, la dirección musical, de su compañero artístico y vital Paco Jarana, y el elenco que le acompaña en escena, tanto de músicos (Pepe de Pura, Jerónimo Segura, Moi de Morón, Manuel de la Luz, Manuel José Muñoz el Pájaro y Raúl Domínguez) como de bailaores (Mercedes de Córdoba, Eduardo Guerrero y Fernando Jiménez), hacen que la obra resulte exquisita, deliciosa, un placer para los sentidos. Tanto en los momentos más flamencos como en los que no lo son.

El baile, en unas escenas perfectamente compuestas en las que cada uno de los elementos aportaba algo a la situación, brilló y alcanzó grandes momentos de intensidad. Tanto en unos tangos de Triana con sabor a rancio pero con un toque de ruptura, como en las escenas más íntimas alrededor del torno del alfarero o en las coreografías del cuerpo de baile, que brilló por bulerías y en una pelea de gallos, dos gallos contemporáneos, en los que cada músculo transmitía esa pulsión, esa lucha entre la vida y la muerte, esa lucha contra las propias limitaciones del cuerpo.

Quién sabe si precisamente por esa contención formal en las escenas más contemporáneas, cuando la obra dejaba salir el flamenco, éste explotaba a borbotones, desatado, pasional, técnicamente perfecto y decididamente sentido. El público, muy silencioso durante los momentos más íntimos, valoró esos otros bailes explosivos, y explotó con él. Los aplausos aún resuenan tras la noche final de la cita jerezana.

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