Deja un comentario

Molina & Montoya en Madrid

En estos días, Manuel Molina se ha dejado ver por Madrid. El guitarrista y artista flamenco, que en los 70 alcanzó un gran éxito junto a su entonces mujer, Lole Montoya (Lole y Manuel), no se deja ver mucho por los escenarios de la capital. Recientemente, sin embargo, ha venido dos veces: una para actuar en el tablao Casa Patas y ahora, con espectáculo propio, en el Teatro Calderón (y Haagen Dags).

Me intrigó ver, hace algunas semanas, los carteles que anunciaban su actuación. Salía en la imagen sentado, como patriarca, rodeado de tres mujeres, digamos, de su familia. Una de ellas lo es de sangre, su hija Alba Molina, las otras dos lo fueron por matrimonio, sus excuñadas Angelita y Carmelilla Montoya. El título de la obra fue lo que más me llamó la atención: Justicia paya, anunciado como una obra de Teatro flamenco.

Con curiosidad, acudí anoche al teatro para ver de qué se trataba. No era el estreno, que tuvo lugar el pasado 30 de marzo, pero la obra se mantiene en cartel hasta el próximo domingo. La curiosidad quedó resuelta, la intriga no tanto. Creo que aún no tengo una valoración clara de lo que ocurrió sobre las tablas. Pero como eso no es lo que interesa, mejor cuento lo que tuvo lugar en el escenario.

La obra mezcla la actuación teatral con el flamenco, y se ambienta en un tablao de nombre Nuevo día (como aquella canción de Lole y Manuel). La historia es un poco forzada, sobre todo por su resolución. En principio, se presenta un personaje (interpretado por Ricardo Barbastro) abatido, un tanto oscuro, abrazado a una urna con las cenizas de su amada, papel que interpreta Alba Molina, un personaje ambiguo que no se sabe si es sueño o realidad. Barbastro pena por la muerte de su mujer, una década después, según se explica, pero quiere organizarle un homenaje: una fiesta flamenca. Y ahí es donde entra el tablao y las hermanas Montoya: Carmelilla al baile y Angelita al cante, acompañadas ambas por otro cantaor, Juañares, las guitarras de José Acedo y Antonio Moreno y la percusión de Paco Vega.

Hasta ahí, todo bien. La propuesta escénica está bien resuelta, el espacio se utiliza con mucha agilidad, la interacción entre el texto y la música es correcta. Y aunque es cierto que los soliloquios del personaje, apesadumbrado, rompen un tanto el clima flamenco, la interpretación, de todos, está bien ejecutada. Por tientos, seguirillas, fandangos, rondeña y tangos, Angelita templa su voz, un metal que suena dulce y meloso primero y se crece y se agitana en los tonos altos, una voz que resuelve bien los cantes, que va directa al grano sin entretenerse en floreos, y que, aunque sin excesivos matices, va directa al sentimiento.

Le acompaña al baile su hermana Carmelilla Montoya (Sevilla 1962) que le puso pasión e intención, y que estuvo especialmente acertada en la soleá. No es Carmelilla una bailaora de muchos recursos, de una técnica desbordante, pero con los conocimientos que atesora y el sentimiento que le añade, resuelve con creces. En lo que no estuvo tan afortunada fue en la elección del vestuario, ni ella ni el resto del elenco femenino, que ni les favorecía ni colaboraba en la labor sobre el escenario, especialmente en el caso de la bailaora, que quiso toda la noche usar ese recurso en su baile, el manejo de la falda, y los diferentes vestidos elegidos no se lo permitieron, o al menos ni lució ni aportó nada.

El primer momento de ruptura e intriga llegó con la aparición de Alba Molina. Su papel es confuso, aunque eso le añade, si cabe, romanticismo y misterio a la obra, pero su falta de recursos flamencos rompió completamente el clima. Es una lástima, porque le sobra belleza y tiene una voz, heredada de su madre, llena de sentimiento y con muchas posibilidades. Pero le falta gracia, poder de transmisión, es fría sobre las tablas, y definitivamente le faltan conocimientos. Ni sabe cantar ni sabe bailar (flamenco). Ni en la pataíta final despertó un olé. Se lució, eso sí, interpretando su última canción estrella, que tampoco venía al caso en la obra, y parecía metida con calzador para el lucimiento de la joven: la versión del Can’t take my eyes off you (No puedo quitar mis ojos de ti), escrita por Bob Crewe and Bob Gaudio en 1967 y que ha sido utilizada (en la versión de Alba Molina) en la campaña de promoción turística de Andalucía que ha promovido el Gobierno regional.

Con la aparición de Juañares (Juan Carrasco Soto) la emoción fue en ascenso. Este cantaor de Jerez, cuyos apellidos ya indican su relación con el cante, tiene una voz redonda, sonora, y afinada, una interpretación que se complementó de forma muy acertada con la de Angelita Montoya, dando rienda suelta a la creatividad bailaora de Carmelilla especialmente en la soleá, pero también por carcelera y fandango.

Manuel Molina no apareció hasta prácticamente el final de la obra, y con él, se resolvió parte del misterio: el motivo de la muerte de la amada de aquel actor que había aparecido al principio. Una lástima, porque tanto detalle no añade demasiado a la historia, más allá de ser un alegato contra los males de nuestro tiempo y dar sentido al título de la obra, pero dejó completamente descolocado el flamenco desarrollado en medio. Él hizo lo que mejor sabe hacer, su peculiar canción por bulería, con letras dedicadas al amor y esa interpretación tan sentida que le caracteriza. Y con él, también, se llegó al cierre, en un baile por alegrías primero de alta intensidad, y por bulerías, después, como fin de fiesta, en la que sólo faltó que bailara el hombre triste y abatido que abrió la obra.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: