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Por Bloguerías y otros palos: inauguramos

Hoy inauguramos sección. Se trata de un espacio para que participen los amigos del flamenco, y también de este blog: son colaboraciones especiales. No tendrán periodicidad concreta, y serán de temática libre y abierta. Los invitados harán una reflexión sobre algún tema del flamenco que les preocupa, o contarán alguna vivencia personal con este arte. La inauguración es obligada: la hacemos con Manuel Moraga, periodista que lleva muchos años en esto y dirige, en la actualidad, el programa de Radio Exterior (RNE) El Callejón del cante en el que es generoso con las voces que invita a participar. Además, Manuel Moraga forma parte del consejo asesor de la Fundación Mario Maya y ha participado, entre otras cosas, en un espectáculo estrenado en la pasada Bienal de Flamenco, de la que habla en el texto siguiente.

Las casas cantaoras, ¿un modelo en crisis?
Por Manuel Moraga

“Hay personas con un gran oído musical y otras que no. Ahí existe un componente genético y, de hecho, se puede dar en familias, como ocurrió en la saga de los Bach: el más conocido fue Juan Sebastián, pero cuando se reunían todos eran más de cien músicos. Pero además de la genética, en la irrupción del artista interviene también la formación familiar, el ambiente en que se vive”. Es la opinión del Dr. Cecilio Paniagua, psiquiatra psicoanalista y autor del libro Visiones de España. Reflexiones de un psicoanalista, donde dedica un capítulo a la lírica del flamenco. Estos pensamientos reflejan la base de ese fenómeno que todos conocemos en el flamenco como las casas cantaoras y que -en mi opinión- en los últimos tiempos no está siendo reconocido como se merece.

“De pequeño -comenta Manuel Valencia Carrasco, Manuel de Paula– jugaba a ser cantaor”. Este gran artista nacido en Lebrija es uno de los testigos más lúcidos y privilegiados de ese proceso de la transmisión oral y vivencial del flamenco en el seno familiar. En su árbol genealógico encontramos al Tío Chozas, a Antonia Pozo, a los Sordera de Jerez, e incluso su segundo apellido, el Carrasco, comparte origen con La Macanita, Diego Carrasco, o la familia Jero. ¡Y qué decir del apellido Valencia en Jerez y Lebrija!

Manuel de Paula me ha contado en infinidad de ocasiones cómo se vivía el flamenco en su casa. Y cómo el cante de su casa tenía detalles y sutilezas diferentes al cante que se hacía en otras casas gitanas de la misma Lebrija: “Me dijo en Chache Bacán / siéntate, sobrino, aquí/ que yo te voy a enseñar / los cantes de Juaniquí” dice una letra por soleá de su último espectáculo Ancá Paula, que significa, precisamente, En casa de los Paula.

El profesor José María Poveda, Catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid y autor del libro Locura y creatividad, me explicaba que “en los seis primeros años de la vida se configura el sentido del sonido y el sentido de la música. Es parecido al aprendizaje de idiomas: los idiomas que se aprendan hasta los seis años van a entrar muy fácilmente en el niño”.

Esto revela por qué en las casas flamencas -fundamentalmente gitanas- aunque no todos los integrantes sean artistas (en el sentido profesional del término), sí que cualquiera de ellos -desde los más niños o los más ancianos- son capaces de “saber estar en una fiesta”… En definitiva, estamos hablando de ese “lo llevan en la sangre”, expresión muy común y socorrida, pero que implica, como vemos, factores tan complejos como la genética o el desarrollo psico-afectivo-neuronal del individuo.

Obviamente, no todos los miembros de una casa cantaora terminan siendo artistas profesionales: “Además de ese vigor, hay que tener talento innato y perseverancia”, afirma el psiquiatra Cecilio Paniagua, que añade “el mito de que Mozart tenía inspiraciones y escribía a vuelapluma no es cierto. Mozart trabajaba mucho. Hay que perseverar, hay que aprender mucho”. Siguiendo con el ejemplo de Manuel de Paula –con quien mantengo una gran amistad y, por ese mismo interés mío hacia el fenómeno de las casas cantaoras, me embarqué con él en su AnCá Paula– me contaba cómo siendo un chaval se iba a Jerez haciendo autostop para poder escuchar a tío Gregorio, el Borrico: “iba a buscarle a la venta de los Cuatro Caminos -cuenta Manuel-, y con mis ahorrillos le llevaba media botella de Tío Pepe y un paquete de Ducados, que es lo que fumaba él. Y yo me quedaba encantao de escuchar ese eco. Me iba para mi casa diciendo ¡Dios mío! ¿Cómo ha hecho eso este hombre?… Y cuando volvía otra vez a escucharlo ya no lo hacía igual. Y si un día te levantaba los vellos, otro día te rompías la camisa”.

Nadie discute el papel de las casas cantaoras en la historia de este arte: los Pavón, los Torre, Paco La Luz y sus ramificaciones, los Pinini, los Perrate, los Mairena, los Parrilla, los Agujetas, los Paula, los Pelaos, los Peña, los Bacán, los Maya de Granada, los descendientes de Diego del Gastor, los Salazar de Extremadura, etc., etc., etc. Solo con estas referencias se podría componer una buena antología del cante, del toque y del baile flamenco. Pero ese papel, en los tiempos actuales -esa es mi opinión- parece quedar relegado a un segundo plano. Y estas familias lo saben y lo sufren.

Hoy cualquier persona con talento y facultades puede empaparse de cante, de guitarra o de baile a cientos o miles de kilómetros de España. Y eso es muy positivo. De hecho, muchos artistas ajenos a las casas cantaoras han demostrado esfuerzo, capacidad y creatividad y han contribuido a hacer más grande el flamenco. Pero también es cierto que en los carteles de las grandes programaciones actuales se echa de menos la presencia de los apellidos a los que aludo. La balanza, a mi juicio, no está equilibrada. Las modas van por otros caminos y con demasiada frecuencia se confunde el talento con la repetición mimética de lo ajeno aprendido: todo, eso sí, con una gran perfección técnica…pero muchas veces, sin alma. Quizá porque eso que llamamos alma tiene bastante que ver con la interiorización natural de los códigos musicales y estéticos desde la más tierna infancia.

Al flamenco no le sobra ninguna aportación. Pero sí considero necesario -insisto- que se haga una valoración justa del camino recorrido. El alma de un artista gana en riqueza cuando se ha impregnado no solo de notas musicales, sino de toda esa intranet vital, ese cúmulo de observaciones, sensaciones y aprendizajes que se da en las Casas Cantaoras. Si ellas, el flamenco que conocemos, no sería igual. Obvia decir que un artista no nace donde quiere, sino donde le toca. Pero los programadores sí que no nacen: se hacen.

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