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Universo Galván

Si Solo es la esencia de Israel Galván (Sevilla, 1973), La Curva, presentada anoche en Madrid dentro del Festival de Otoño en Primavera en Matadero (y que podrá verse hasta el 5 de junio), es la completa sinfonía de su baile, su concepto de la danza y del flamenco. Si en Solo reivindicaba el silencio y la música de los objetos, en La curva añade, en un alarde casi de barroquismo, el piano contemporáneo de Sylvie Courvoisier, el cante telúrico de Inés Bacán y el compás, al que todos contribuyen pero es dirigido por el observador, enlace y generador de atmósferas que es Bobote, que en esta ocasión, además, actúa como alter ego de Galván.

(Foto: Félix Vázquez)

El bailaor reitera en este montaje su pasión por la música de los objetos. Comienza con su chaqueta, que cerrada o abierta forma parte de su baile y le ayuda a apuntalar el compás. Pero también las sillas, las piedras de sal, la harina, la mesa, las tarimas… Un escenario que a primera vista parece estar medio desnudo, en el desarrollo de la danza se termina convirtiendo en un actor más, que interactúa y participa y sobre todo: suena. Con el apoyo en la dirección de escena de Txiki Berraondo, Galván aprovecha los espacios para transformar una y mil veces el lugar en el que baila, y transitar, como decía unos días antes de la presentación del espectáculo, en esa curva extraña que va de la caracolá lebrijana a un club de jazz en Nueva York, pasando por la calle o un espacio casi mágico en una nube de harina.

Todos los elementos característicos del baile de Galván están en La Curva. Todos esos modos de su flamenco reconstruido y arrastrado a su esencia: los perfiles, las hojas que caen, las suelas percutidas, los golpes inesperados de cadera, el toro, su singular braceo. Y con todos estos elementos que tanto ha costado entender al público, si es que alguna vez han llegado a ser comprendidos, Galván baila al son que le marca un piano que suena a arpa, a instrumento de percusión, a música disonante, flamenca o Latin jazz, pero también baila por las bulerías más festeras, una nana, una seguiriya o esas singulares sevillanas que marca en una silla de tijera atravesada en su cuello.

Y en toda esta gravedad, en esta tensión que plantea el bailaor, aún deja un resquicio de alivio para el espectador, un guiño, una mueca, una traza de humor que salpica el espectáculo y que resulta liberador al terminar, en un particular fin de fiesta con Bobote, que cierra con una sonrisa y las eternas ganas de más.

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