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El lugar de los gitanos

El flamenco no sería el flamenco sin la contribución y el protagonismo, en su origen y desarrollo, del pueblo gitano. Parece una perogrullada, probablemente lo sea, pero también es necesario recordarlo, de vez en cuando. No podría entenderse tampoco la historia del pueblo gitano, la que se desarrolla en nuestro país, sin su desarrollo artístico y musical más importante: el flamenco. Por todo esto, el flamenco y sus artistas gitanos ocupan un lugar más que destacado en una exposición que en estos días se exhibe en Madrid dedicada a la contribución de los gitanos a la cultura y sociedad españolas. Vidas gitanas, Lungo drom, es una muestra que recoge más de 400 piezas, entre las que hay imágenes inéditas del cantaor Camarón de la Isla o las botas de baile que Mario Maya calzó para el estreno de su Amor brujo en París.

La exposición, que ha sido ya vista en Granada, se inauguró el pasado 10 de octubre y se mantendrá en la sala 2 del Centro Conde Duque de Madrid hasta el próximo 20 de enero.

Me van a permitir el comentario: parece mentira que en el siglo XXI sea necesario aún una muestra que ponga en valor las aportaciones del pueblo gitano en los seis siglos que llevan en España. Pero así es. La propuesta de la Fundación Instituto de Cultura Gitana y Acción Cultural, organizadores de la muestra, pretende precisamente seguir desmontando tópicos en torno a este pueblo y ofrecer un testimonio positivo a través de los grandes nombres gitanos que forman parte de la historia de la cultura española. Los oficios, el papel de la mujer gitana, la religión, el asociacionismo y el avance en los derechos del pueblo gitano son algunos de los temas presentes en la muestra. También sus artistas y es por esto que el flamenco adquiere una relevancia capital en la muestra, que aporta fotografías histórica y contemporáneas, vídeos, documentos, objetos y elementos interactivos.

Las fotografías explican, a través de imágenes potentísimas testigos de una época, la evolución y vida diaria de los gitanos de otros tiempos. Las de Jacques Lèonard cedidas por el Arxiu Fotogràfic de Barcelona, y las históricas imágenes de Colita y Catalá Roca, y de la obra de Steve Kahn, Mark Johnson, Robert Klein y David George, englobadas en la muestra Flamenco Project.

(En la imagen, Bernardo Peña y María La Perrata, padres del cantaor El Lebrijano, en la puerta de su casa de Lebrija. Foto tomada en 1969 por Steve Kahn)

Está Camarón, está Diego el Cigala, los Amaya, La Chunga y los Amador y su histórico grupo Pata Negra, pero también hay otros. Uno de los nombres propios es el de Tere Peña, de la saga de los Pinini y heredera del flamenco de Lebrija: es la hermana de Juan Peña, el Lebrijano. Su nombre es relevante por su dedicación al flamenco desde otra trinchera: la de la comunicación. Peña logró el Premio de la Cátedra de Flamencología de Jerez por su trabajo en la difusión del flamenco a través de un programa que mantiene en la emisora de radio Radiolé, Temple y pureza.

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